mapa
Así va

Medio

Así va 41/100

Entradas de Renovables

Así va 33/100

Eficiencia Energética

Así va 36/100

Salida de Fósiles

Así va 36/100

Eliminación de Subsidios

Así va 35/100

Inversiones en TE

Así va 62/100

Justicia en TE

No Aplica

Resumen

Fecha de publicación: 22 de abril de 2026

El presente informe analiza el desempeño de Argentina en materia de transición energética, considerando dimensiones clave como la incorporación de energías renovables, la eficiencia energética, las inversiones, la salida de los combustibles fósiles, la política de subsidios y justicia. En términos generales, los resultados evidencian avances parciales, pero también importantes limitaciones estructurales que dificultan una transformación sostenida del sistema energético.

Si bien en la última década se registraron progresos en la incorporación de energías renovables, estos han sido insuficientes para modificar de manera significativa una matriz energética altamente dependiente de los combustibles fósiles. A su vez, las políticas de eficiencia energética han tenido un desarrollo limitado y discontinuo, sin consolidarse como un eje central de la planificación energética.

En materia de inversiones, se observa una orientación persistente hacia proyectos de gran escala y sectores extractivos, en detrimento de soluciones descentralizadas y orientadas al acceso equitativo a la energía. Esta tendencia se complementa con la ausencia de una estrategia clara de salida de los combustibles fósiles, en un contexto donde se continúa promoviendo la expansión de la producción hidrocarburífera.

Por su parte, la política de subsidios refleja tensiones entre el sostenimiento del sistema energético y la necesidad de garantizar el acceso a la energía, sin lograr una alineación consistente con los objetivos climáticos.

En conjunto, estos elementos evidencian la ausencia de una estrategia integral de transición energética justa, y refuerzan la necesidad de avanzar hacia un enfoque que priorice la equidad, el acceso y la sostenibilidad en el diseño de la política energética argentina.

Argentina presenta una matriz energética altamente dependiente de los combustibles fósiles y orientada a un perfil exportador. De acuerdo con el Balance Energético Nacional (BEN) de 2024, aproximadamente el 86% de la oferta de energía primaria provenía de fuentes fósiles, principalmente gas natural y petróleo. En contraste, las energías renovables explican una proporción reducida del total, alrededor del 14% (Secretaría de Energía, 2025).

En lo que respecta a la matriz eléctrica del país, los combustibles fósiles también tienen un gran peso. De acuerdo con el informe anual de la Compañía Administradora del Mercado Mayorista Eléctrico S.A. (CAMMESA), la potencia instalada al cierre de 2024 estuvo compuesta en un 58% por combustibles fósiles y tan solo un 15% a energías renovables (CAMMESA, 2025).

La centralidad del petróleo y el gas constituye una tendencia persistente a lo largo de las últimas décadas y se ve reforzada por el desarrollo de Vaca Muerta y otros proyectos extractivos, consolidando un modelo energético concentrado, exportador y con graves impactos territoriales.

El marco institucional de la política energética y climática en Argentina se encuentra definido por un conjunto de leyes, planes y compromisos internacionales que orientan la acción del Estado en materia de mitigación y adaptación al cambio climático. Entre los principales instrumentos se destacan la Ley 27.520 de Presupuestos Mínimos de Adaptación y Mitigación al Cambio Climático, la Ley 27.191 de fomento a las energías renovables y la Ley 27.424 de generación distribuida.

A nivel de planificación, el país cuenta con el Plan Nacional de Adaptación y Mitigación al Cambio Climático (PNAyMCC) y el Plan Nacional de Transición Energética al 2030, que establecen lineamientos para el desarrollo del sector energético en articulación con los compromisos asumidos en el marco del Acuerdo de París. Sin embargo, al momento de la elaboración de este informe, Argentina no ha presentado su tercera Contribución Determinada a Nivel Nacional (NDC), lo que genera incertidumbre respecto a la actualización de sus metas climáticas.

Asimismo, estos instrumentos presentan tensiones con otras agendas clave, como las de derechos humanos y biodiversidad, en tanto muchas de las medidas priorizadas tienden a enfocarse predominantemente en soluciones tecnológicas para la mitigación del cambio climático. Este enfoque puede resultar limitado si no se complementa con una mirada integral que contemple los impactos territoriales, sociales y ambientales, lo que podría implicar riesgos para la protección de los ecosistemas y el bienestar de las comunidades.

En los últimos años, se observa además la implementación de nuevos instrumentos de política económica, como el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI), creado por la Ley 27.742, que introducen elementos adicionales en la configuración del sector energético, con implicancias relevantes para la orientación de las inversiones y el modelo de desarrollo. El RIGI favorece megaproyectos de infraestructura, forestales, de hidrocarburos y mineros, caracterizados por altos impactos ambientales, ecosistémicos y sociales y por la omisión, en muchos casos, de la consideración de la variable y los pasivos ambientales generados (FARN, 2024).

En este contexto, resulta clave considerar la dimensión territorial de la política energética, dado que la expansión de proyectos de gran escala conlleva impactos diferenciados sobre los ecosistemas y las comunidades locales, evidenciando tensiones entre los objetivos de desarrollo, la protección ambiental y los derechos de las poblaciones afectadas.

En Argentina, avanzar hacia una transición energética justa implica mucho más que la sustitución de tecnologías fósiles por renovables. Supone transformar un modelo energético históricamente basado en la extracción intensiva de combustibles fósiles, concentrado territorialmente y con un fuerte foco en la exportación. En este contexto, una transición justa requiere reducir de manera progresiva la dependencia del gas y el petróleo, evitando la expansión de nuevas fronteras extractivas, como la minería de litio, cobre y otros minerales para la transición, promoviendo alternativas energéticas descentralizadas, comunitarias y limpias.

Asimismo, implica reconocer la energía como un derecho, garantizando el acceso equitativo, asequible y de calidad para toda la población y durante todo el proceso de transición. Esto requiere revisar el esquema de subsidios y reorientar los recursos públicos hacia la promoción de energías renovables y soluciones descentralizadas, priorizando a los sectores más vulnerables.

Una transición energética justa en Argentina también demanda fortalecer la participación pública, el acceso a la información, el respeto de los derechos humanos y la garantía del Consentimiento Previo, Libre e Informado (CPLI), en línea con el Acuerdo de Escazú, especialmente en territorios afectados por proyectos energéticos. A su vez, implica evitar falsas soluciones que profundicen desigualdades o generen nuevos impactos socioambientales.

En un contexto reciente marcado por la profundización de políticas orientadas al desarrollo de proyectos extractivos y de gran escala, avanzar hacia una transición justa representa un desafío estructural que requiere voluntad política, coherencia en las políticas públicas y una mirada integral que articule dimensiones sociales, ambientales y económicas.

Análisis de NDC 2.0 actualizada

Al momento de elaborar este informe, Argentina no ha presentado aún su tercera Contribución Determinada a Nivel Nacional (NDC), lo que genera incertidumbre respecto de la actualización de sus compromisos climáticos en el marco del Acuerdo de París. 

Esta situación se enmarca en un proceso de elaboración de la NDC 3.0 caracterizado por limitaciones en términos de transparencia y participación. Si bien se convocaron algunos espacios formales de intercambio en instancias previas a la trigésima Conferencia de las Partes (COP30) de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), estos no garantizaron una participación pública efectiva ni un proceso abierto y significativo. En particular, se difundieron resultados preliminares sin habilitar instancias rales de diálogo, con mecanismos de interacción restringidos y sin la convocatoria del Consejo Asesor Extérno, previsto por la Ley 27.520 (FARN, 2025).

En este sentido, actualmente el país se rige por su segunda NDC actualizada, que establece una meta absoluta e incondicional de no exceder las 349 MtCO₂e de emisiones netas al año 2030, aplicable a todos los sectores de la economía.

Esta meta se articula con el Plan Nacional de Adaptación y Mitigación al Cambio Climático (PNAyMCC), que define lineamientos para fortalecer la resiliencia y reducir emisiones, incluyendo medidas en el sector energético. Si bien el plan incorpora una línea específica sobre transición energética, con acciones orientadas a la diversificación de la matriz y al acceso a la energía, también incluye estrategias que avanzan en sentido contrario. En particular, la promoción de la gasificación como vector de desarrollo energético busca posicionar al país como proveedor regional y global de gas natural, reforzando el rol de este combustible en una matriz primaria donde ya tiene un peso predominante. Si bien suele presentarse como una alternativa de transición, el gas es un combustible fósil, su extracción, transporte y procesamiento generan emisiones fugitivas de metano —un gas de efecto invernadero con un potencial de calentamiento significativamente mayor al del CO₂ en el corto plazo—. Estas emisiones, junto con otros impactos asociados a la actividad hidrocarburífera, pueden tener efectos negativos sobre la calidad del aire, los ecosistemas y la salud de las poblaciones cercanas a las zonas de explotación.

Por su parte, el Plan Nacional de Transición Energética al 2030 establece metas cuantitativas y cualitativas para el sector energético en línea con la NDC vigente. Sin embargo, al igual que el PNAyMCC, combina objetivos de expansión de energías renovables con el impulso a grandes proyectos hidroeléctricos y el desarrollo de la industria fósil.

En este contexto, ninguno de estos instrumentos define una trayectoria clara de reducción de la producción y el consumo de combustibles fósiles, ni incorpora de manera explícita el acceso a la energía como un derecho en condiciones de asequibilidad, sostenibilidad y equidad. Por el contrario, mantienen políticas que favorecen la expansión de la frontera hidrocarburífera y la consolidación de un modelo energético basado en proyectos de gran escala.

El análisis realizado evidencia que Argentina no se encuentra actualmente en una trayectoria compatible con una transición energética justa. No se observa una política energética orientada de manera explícita a garantizar el acceso a una energía limpia, segura y asequible como un derecho, en un contexto donde persisten situaciones de pobreza energética.

Asimismo, la matriz energética continúa fuertemente dominada por los combustibles fósiles, mientras que las energías renovables mantienen una participación limitada. La orientación de las inversiones y los instrumentos de política pública refuerza un modelo basado en proyectos de gran escala, de carácter extractivo y con fines mayormente exportadores, en detrimento de alternativas descentralizadas que permitan abordar las desigualdades en el acceso a la energía, especialmente de los grupos más vulnerables. Esta dinámica se ve acompañada por un esquema de subsidios e incentivos que, en términos generales, continúa favoreciendo a los sectores fósiles y a grandes proyectos, profundizando las tensiones socioambientales en los territorios.

En este contexto, avanzar hacia una transición energética justa no requiere únicamente definir una hoja de ruta de salida de los combustibles fósiles, sino repensar de manera integral e inclusiva el modelo y la política energética en la Argentina. Implica establecer nuevos consensos políticos y sociales que prioricen el bienestar de la población por sobre lógicas extractivas y concentradas. Asimismo, supone reconocer los límites planetarios, incorporar criterios de suficiencia energética y promover procesos de planificación y elaboración de abajo hacia arriba, que contemplen las particularidades y contextos territoriales y garanticen una participación pública efectiva, en línea con los principios del Acuerdo de Escazú.

Entradas de renovables

Fecha de publicación: 22 de abril de 2026

La incorporación de energías renovables en Argentina ha mostrado avances en la última década, impulsados por la Ley 27.191*, que estableció metas de participación en la matriz eléctrica, y por instrumentos como el Fondo para el Desarrollo de Energías Renovables (FODER). No obstante, este proceso ha estado atravesado por limitaciones y contradicciones.

Uno de sus instrumentos fue el programa RenovAr, orientado a incorporar capacidad de generación renovable a través de licitaciones públicas. Sin embargo, este programa ha sido objeto de críticas en relación con su capacidad para transformar estructuralmente la matriz energética. En particular, la medición de sus resultados en términos de potencia instalada, más que en participación efectiva en la matriz, así como la baja integración de componentes nacionales y las dificultades en la implementación de los proyectos, limitaron su impacto (Costantini y Di Paola, 2019).

Por su parte, la sanción de la Ley 27.424** promovió la generación distribuida, orientada al autoconsumo y a la inyección de excedentes a la red. No obstante, la eliminación del Fondo Fiduciario para el Desarrollo de la Generación Distribuida (FODIS) mediante el Decreto N° 70/2023 afectó la continuidad de este tipo de iniciativas.

En paralelo, el Proyecto de Energáis Renovables en Mercados Rurales (PERMER) ha representado una de las principales políticas orientadas a ampliar el acceso a la energía en zonas rurales y aisladas mediante soluciones descentralizadas. Sin embargo, la falta de continuidad y financiamiento ha limitado su alcance y potencial para contribuir a una transición energética más inclusiva y equitativa. 

En términos generales, las políticas de fomento a las energías renovables y eficiencia energética han experimentado una caída sostenida en su financiamiento y ejecución. En particular, la ejecución presupuestaria de estas partidas mostró una caída real del 64% entre 2023 y 2025, acompañada de bajos niveles de ejecución y la eliminación o reducción de programas clave. Asimismo, su participación dentro del presupuesto nacional se ha mantenido en niveles marginales, evidenciando una baja priorización dentro de la política pública (Cena Trebucq, 2026).

En este contexto, la participación de renovables no convencionales ha crecido, aunque desde niveles bajos y aún insuficientes para modificar la dependencia de los combustibles fósiles. Asimismo, la política de promoción ha priorizado el desarrollo de proyectos de gran escala por sobre soluciones descentralizadas y de menor escala, limitando su contribución a una transición energética más inclusiva y territorialmente equilibrada. Esta expansión ha coexistido con el desarrollo de la industria hidrocarburífera como prioridad, lo que evidencia una falta de coherencia en la política energética. En los últimos años, además, se observa una desaceleración en la promoción de energías renovables, con ausencia de nuevas metas y menor dinamismo en los incentivos.


*Ley modificatoria de la Ley 26.190 de Fomento Nacional para el uso de Fuentes Renovables de Energía destinada a la Producción de Energía Eléctrica.

** Ley de Fomento a la Generación Distribuida de Energía Renovable integrada a la Red Eléctrica Pública.

Indicador Interanual Tendencial
Capacidad instalada de renovables 0% 37%
Share de generación renovable en el total N/A 39%

Dimensión

33%

  • Comportamiento tendencial. En la última década, la participación de energías renovables no convencionales en la matriz eléctrica argentina ha crecido de manera sostenida, impulsada principalmente por las Leyes 27.191 y 27.424. Sin embargo, este crecimiento partió de niveles bajos y no ha sido suficiente para modificar estructuralmente la alta dependencia de los combustibles fósiles. Asimismo, no se han alcanzado plenamente las metas establecidas, lo que refleja limitaciones en la implementación y en la planificación energética.

 

  • Comportamiento interanual. En el último período, se observa una desaceleración en la incorporación de nueva capacidad renovable, en línea con la menor dinamización de los instrumentos de promoción y con las restricciones en la infraestructura. Esto se vincula también con una menor prioridad en la diversificación de la matriz energética, en un contexto donde las políticas recientes han puesto mayor énfasis en el desarrollo de actividades extractivas y proyectos de gran escala.

 

  • Comparación benchmark. Si bien Argentina ha incrementado la participación de energías renovables en los últimos años, su desempeño relativo puede estar sobreestimado si se incluyen grandes centrales hidroeléctricas dentro de esta categoría. En línea con la legislación nacional (Ley 27.191), resulta clave distinguir estas fuentes de las renovables no convencionales. Asimismo, estas tecnologías suelen excluirse de los análisis comparativos debido a sus impactos socioambientales, lo que puede distorsionar la evaluación del progreso en la transición energética.

La expansión de las energías renovables en Argentina durante la última década responde principalmente a marcos normativos específicos, como las Leyes 27.191 y 27.424. Sin embargo, este crecimiento no ha sido suficiente para transformar estructuralmente una matriz energética fuertemente dependiente de los combustibles fósiles.

Desde una perspectiva tendencial, el aumento de la capacidad instalada renovable partió de niveles bajos y enfrentó limitaciones estructurales vinculadas a restricciones en infraestructura de transporte eléctrico, dificultades de financiamiento y debilidades en la planificación energética. Asimismo, el incumplimiento de las metas establecidas por la Ley 27.191 evidencia problemas en la implementación de las políticas públicas.

En términos interanuales, se observa una desaceleración en la incorporación de nueva capacidad renovable, asociada a la falta de continuidad de los instrumentos de promoción y a un cambio en las prioridades de política energética, que han puesto mayor énfasis en el desarrollo de sectores extractivos y proyectos de gran escala.

A su vez, la política de promoción ha privilegiado el desarrollo de proyectos renovables de gran escala por sobre soluciones descentralizadas, lo que limita su contribución a una transición energética más inclusiva y territorialmente justa. Esta orientación se ve reforzada por la falta de continuidad de instrumentos como el FODIS, que buscaban impulsar la generación distribuida.

Finalmente, en relación con el benchmark, el desempeño de Argentina puede estar sobreestimado si se consideran como renovables las grandes centrales hidroeléctricas, que no solo quedan excluidas de la definición legal nacional, sino que además presentan impactos socioambientales significativos. En este sentido, los avances observados no reflejan plenamente una transición energética estructural, sino más bien un proceso parcial y con importantes contradicciones.

Eficiencia energética

Fecha de publicación: 22 de abril de 2026

La eficiencia energética en Argentina ha sido históricamente un área con avances limitados y discontinuos. Si bien existen instrumentos como el Programa Nacional de Uso Racional y Eficiente de la Energía (PRONUREE) y algunas iniciativas sectoriales, no se observa una estrategia integral y sostenida en el tiempo que permita reducir de manera significativa la intensidad energética.

En los últimos años, los avances en eficiencia han estado más asociados a factores coyunturales, como variaciones en la actividad económica o cambios en los precios de la energía, que a políticas públicas estructurales. Asimismo, persisten desafíos en sectores clave como el residencial, el transporte y la industria, donde el potencial de mejora es significativo.

A su vez, es importante considerar que mejoras en eficiencia energética no necesariamente se traducen en una reducción del consumo total, dado que pueden generar efectos rebote, donde la disminución de costos energéticos incentiva un mayor uso de la energía.

Indicador Interanual Tendencial
Mejora en eficiencia energética 0% 49%
Dimensión

36%

  • Comportamiento tendencial: En términos tendenciales, los indicadores de intensidad energética y del índice de mejoras en eficiencia muestran avances limitados y sin una trayectoria sostenida. Si bien se registran mejoras puntuales, estas han estado influenciadas por factores coyunturales, lo que impide una reducción estructural del consumo energético. A nivel sectorial, el transporte presenta mayores avances, mientras que sectores como el residencial e industrial muestran un menor dinamismo.

 

  • Comportamiento interanual:  En el análisis interanual, los indicadores de eficiencia energética presentan variaciones asociadas principalmente a factores coyunturales, como cambios en la actividad económica o en los precios de la energía. A nivel sectorial, el transporte muestra mayor sensibilidad a estas variables. Esto evidencia la ausencia de políticas públicas sostenidas en materia de eficiencia energética.

 

  • Comparación benchmark:  En relación con el benchmark, Argentina presenta un rezago en la implementación de políticas de eficiencia energética en comparación con trayectorias compatibles con la transición energética. A nivel sectorial, las diferencias observadas refuerzan esta brecha: los avances en transporte responden en gran medida a factores tecnológicos y de mercado, mientras que sectores clave como el residencial e industrial no evidencia mejoras consistentes.

El desempeño de la eficiencia energética en la Argentina, de acuerdo con los indicadores de intensidad energética y del índice de mejoras en eficiencia, evidencian avances limitados y una ausencia de trayectoria sostenida. Si bien se registran mejoras puntuales, estas no configuran una reducción estructural del consumo energético en relación con la actividad económica, lo que refleja la baja priorización de la eficiencia como eje estratégico de la política energética. 

A nivel sectorial, las mejoras presentan un comportamiento desigual. El sector transporte muestra un mayor dinamismo, pudiendo estar asociado principalmente a la incorporación de tecnologías más eficientes y a la sensibilidad del consumo frente a variaciones en los precios de los combustibles. Sin embargo, esto no responde necesariamente a una política pública estructural en materia de eficiencia energética sino a una situación macroeconómica inestable y volátil.

En contraste, sectores como el residencial y el industrial presentan un menor nivel de balance, vinculado a la ausencia de políticas sostenidas, incentivos adecuados y programas que promuevan un uso más racional y eficiente de la energía. Asimismo, es importante considerar el efecto rebote, mediante el cual mejoras en eficiencia pueden derivar en un aumento del consumo total de energía si no se acompañan de políticas que promuevan cambios en los patrones de uso y consumo.

En relación con el benchmark, Argentina presenta un desempeño rezagado, con una brecha significativa respecto a trayectorias compatibles con la transición energética. Fortalecer la eficiencia requiere no solo ampliar los instrumentos existentes, sino también integrarla de manera transversal en la planificación energética y climática, incorporando una perspectiva de suficiencia, equidad y derecho a la energía.

Salidas fósiles

Fecha de publicación: 22 de abril de 2026

La salida de los combustibles fósiles no constituye actualmente un objetivo explícito en la política energética argentina. Por el contrario, se observa una profundización del modelo basado en la expansión de la extracción, producción y exportación de hidrocarburos, particularmente a partir del desarrollo de Vaca Muerta, el segundo reservorio de gas no convencional y cuarto reservorio de petróleo a nivel mundial;  y de infraestructura para la exportación hidrocarburífera.

Esta tendencia se refleja en el impulso a proyectos de gas natural licuado (GNL), que implican el desarrollo de infraestructura de gran escala, sumado a un proyecto de infraestructura para la exportación de petróleo, y consolidan una apuesta de largo plazo por la explotación fósil, con potenciales impactos socioambientales y territoriales.

 

Estos desarrollos para la exportación de combustibles fósiles conviven con importantes desafíos en términos de acceso a la energía, con persistencia de situaciones de pobreza energética y dificultades para garantizar un acceso seguro y asequible, incluso en las zonas donde se realiza la extracción de estos combustibles.

Por otro lado, es necesario señalar que Argentina mantiene una importante deuda externa, y el Fondo Monetario Internacional (FMI) es uno de sus principales acreedores.  En los acuerdos entre el país y el organismo, así como en las  revisiones técnicas, aparecen menciones a los combustibles fósiles en particular, pero al extractivismo en general (incluyendo la minería y la agroexportación) como principales fuentes de generación de divisas, tanto para el repago de la deuda como para el desarrollo interno. Sin embargo, ninguno de estos objetivos se reflejan en la realidad.

En este contexto, la ausencia de una trayectoria de reducción de los combustibles fósiles evidencia una brecha entre los compromisos climáticos, las necesidades de acceso y la orientación real de la política energética.

Subdimensión Indicador Tendencial Interanual
Balance Energético Importación 40% 1%
Exportación 33% 1%
Consumo 100% 49%
Producción 0% 0%
Dimensión

36%

  • Comportamiento tendencial: En términos tendenciales, la producción de combustibles fósiles en Argentina muestra una trayectoria creciente, particularmente en gas natural y petróleo, consolidando su rol en la matriz energética y promovido por el impulso exportador. Esta dinámica refleja la ausencia de una estrategia orientada a la reducción progresiva de la dependencia fósil y la continuidad de un modelo basado en la explotación de hidrocarburos, en tensión con los objetivos climáticos, la protección de los ecosistemas y un acceso adecuado, continuo y asequible a la energía; a la vez que manifiesta una política energética en dirección contraria.

 

  • Comportamiento interanual: En el período reciente, se observa un aumento en la producción y exportación de hidrocarburos, en línea con políticas que priorizan el desarrollo del sector como motor económico. Este comportamiento se vincula con el impulso a nuevos proyectos e infraestructura, incluyendo iniciativas de GNL, que refuerzan una trayectoria de expansión fósil incompatible con una reducción sostenida de emisiones.

La dinámica de los combustibles fósiles en Argentina evidencia la ausencia de una estrategia orientada a su reducción progresiva y ordenada. Por el contrario, el país continúa profundizando un modelo energético basado en la expansión de la producción y exportación de hidrocarburos, particularmente a partir del desarrollo de Vaca Muerta y el impulso a proyectos de gas natural licuado (GNL).

Desde una perspectiva tendencial, el aumento sostenido de la producción de petróleo y gas, junto con el desarrollo de infraestructura asociada, consolida una trayectoria de largo plazo que resulta incompatible con los compromisos climáticos asumidos. Esta expansión no solo refuerza la dependencia estructural de los combustibles fósiles, sino que también genera impactos socioambientales y territoriales significativos, concentrados en las zonas de extracción.

Asimismo, la persistencia de políticas en favor de los combustibles fósiles contribuye a sostener este modelo. Los subsidios, como ejemplo, buscan reducir los costos de producción y consumo, sin embargo, cuando es de manera directa están apoyando a sectores más vulnerables en el acceso a la energía. No hay una apuesta clara a reducir su peso en la matriz primaria, ni a una diversificación económico productiva tal que se proyecten exportaciones por fuera de las energéticas. Mientras no se diseñen políticas que reemplacen de manera progresiva los hidrocarburos, no se incentivará una transición justa, hacia fuentes más sostenibles.

Al mismo tiempo, esta dinámica convive con importantes desigualdades en el acceso a la energía, evidenciando que la centralidad del modelo fósil no ha garantizado servicios energéticos seguros, asequibles y continuos para toda la población.

Mientras instituciones financieras, como el FMI, continúen teniendo injerencia en el desarrollo de las políticas energéticas, tanto el abandono de los combustibles fósiles del país, como el desarrollo productivo interno que pueda reemplazar al sector en su rol económico laboral, se hace más complejo.

En este contexto, la ausencia de una hoja de ruta para reducir la producción y el consumo de combustibles fósiles, sumada a la promoción activa de nuevas inversiones e infraestructura asociada, no solo evidencia una incoherencia con los compromisos climáticos, sino que consolida un modelo energético que profundiza desigualdades sociales y territoriales. Lejos de garantizar el acceso equitativo a la energía, este enfoque reproduce una lógica extractiva orientada a la exportación, donde los beneficios se concentran y los impactos se territorializan. Esto pone en evidencia que la transición energética no puede pensarse únicamente en términos de sustitución tecnológica, sino que requiere una redefinición de las prioridades del sistema energético en clave de derechos, equidad y justicia socioambiental.

Subsidios

Fecha de publicación: 22 de abril de 2026

La política de subsidios energéticos en la Argentina continúa evidenciando una fuerte orientación hacia el sostenimiento del sector hidrocarburífero, con diferencias en cuánto a destinatarios y objetivos. Los subsidios integran un marco amplio de beneficios que estimulan la actividad hidrocarburífera, son una de las herramientas a ser revisadas y transformadas.

De acuerdo con French (2025), la estructura de subsidios es compleja, presenta tensiones relevantes, y aunque su diseño actual no garantiza una distribución progresiva porque beneficiaba a sectores de ingresos medios y altos, sí contribuye a garantizar el acceso a la energía de sectores vulnerables. Los subsidios en Argentina pueden categorizarse entre directos e indirectos, estos últimos representan un subsidio tarifario, son las transferencias que realiza el Estado para cubrir las diferencias entre los costos de producción y los precios de la energía, que finalmente hacen a la persistencia de la matriz fósil y el beneficio de las grandes empresas. Los subsidios directos se diferencian entre aquellos que van a la demanda y a la oferta. Los subsidios a la demanda (destinados al consumo de sectores más vulnerables)cumplen el rol de garantizar el derecho a la energía, en el último tiempo a través del Programa “Hogares con garrafas”. En cambio, los subsidios a la oferta son aquellos que se entregan a las grandes empresas hidrocarburíferas, conocidos también como subsidios a la producción, que finalmente contribuyen a sostener la rentabilidad de la actividad hidrocarburífera y tienen el objetivo de impulsar la actividad.  Una reestructuración del esquema subsidiario debe ser cuidadosamente diseñado ya que la reducción tanto de los subsidios directos o indirectos, puede representar un aumento de la pobreza energética.

En particular, los subsidios a los hidrocarburos (en Argentina conocidos como subsidios a la oferta) se concentran mayormente en el apoyo a la producción y a las empresas del sector, a través de mecanismos que buscan sostener la rentabilidad y promover la extracción, especialmente en el caso del gas natural. De acuerdo con el Monitor Ambiental del Presupuesto, estas transferencias han representado una porción relevante del gasto energético, con un peso considerable dentro del presupuesto nacional y con una tendencia a sostenerse o incrementarse en términos reales en determinados períodos y tienen prioridad, mientras que los subsidios al consumo, tienden a reducirse, a pesar de estar cumpliendo un rol de justicia social, ambas propuestas. Estas iniciativas, se pueden encontrar como propuestas de política en informes del FMI

En este marco, durante 2025, los subsidios a la oferta representaron un monto 41,5 veces superior al presupuesto destinado al fomento de energías renovables y la eficiencia energética, sin considerar los incentivos adicionales otorgados al sector hidrocarburífero (Cena Trebucq, 2026).

En este contexto, la discusión sobre la eliminación de subsidios no puede disociarse de la necesidad de garantizar el acceso equitativo a la energía, así como de reorientar los recursos públicos hacia una transición energética justa.

Dimensión Subdimensión Tendencial Interanual
Subsidios Producción 16% 99%
Consumo 42% 8%
Dimensión

35%

  • Comportamiento tendencial: En términos tendenciales, los subsidios a los combustibles fósiles en Argentina, especialmente aquellos orientados a la oferta, han mostrado una persistencia en el tiempo, reflejando la centralidad de estos para sostener la matriz energética marcadamente hidrocarburíferas. Si bien se han registrado cambios en su composición, es necesario tener en cuenta las reiteradas devaluaciones que sufrió el país, el peso de la inflación y los ajustes fiscales como medidas que influyen en el comportamiento. Lamentablemente, si se observan disminuciones no tienen que ver con una intención de transformación de la matriz energética, si no a reducciones de gastos fiscales, que luego provocan crisis, haciendo que se retomen las políticas de subsidios. Es así que no se observa una trayectoria sostenida de reducción estructural, lo que evidencia la dificultad de alinear la política de subsidios con los objetivos de transición energética justa.

 

  • Comportamiento interanual:  En el período reciente, se observan variaciones significativas en el nivel de subsidios energéticos, asociadas principalmente a factores macroeconómicos y decisiones de política fiscal.  Si bien se registra una reducción en algunos componentes, esto no responde a una estrategia de eliminación progresiva, sino a una reconfiguración del esquema de subsidios, que mantiene incentivos relevantes a la producción de combustibles fósiles.

La discusión sobre los subsidios a los combustibles fósiles en Argentina no puede abordarse únicamente como un problema de eficiencia económica o de asignación de recursos, sino como una cuestión estructural vinculada al modelo energético, la política fiscal y la garantía de derechos. En este sentido, los subsidios han operado históricamente como un mecanismo de sostenimiento del sistema fósil, tanto a través de incentivos a la producción como del financiamiento del consumo energético. Sin embargo, en las recurrentes crisis socioeconómicas que atraviesa el país, los subsidios a la demanda cumplen un rol fundamental para garantizar el derecho a la energía.

Tal como señala French (2025), el esquema actual presenta tensiones significativas en términos de progresividad, eficiencia y coherencia climática. Sin embargo, el debate sobre su eliminación suele centrarse de manera desproporcionada en los denominados “subsidios a la demanda”, sin considerar adecuadamente su rol en garantizar el acceso a la energía ni las condiciones estructurales que limitan la sustitución por alternativas más limpias.

La eliminación abrupta de estos subsidios, sin la disponibilidad previa de alternativas energéticas accesibles, asequibles y sostenibles, puede agravar las situaciones de pobreza energética y profundizar desigualdades sociales.

En este contexto, avanzar hacia la eliminación de subsidios a los combustibles fósiles requiere una estrategia integral que priorice la equidad, el acceso y la justicia socioambiental, reorientando los recursos públicos hacia la ampliación de alternativas energéticas y evitando trasladar los costos de la transición a los sectores más vulnerables.

Inversiones en TE

Fecha de publicación: 22 de abril de 2026

La dinámica de las inversiones energéticas en Argentina sugiere una orientación predominante hacia el desarrollo de sectores extractivos y proyectos de gran escala, en detrimento de alternativas compatibles con una transición energética justa. En los últimos años, esta tendencia se ha visto reforzada por el impulso a iniciativas vinculadas a la expansión de hidrocarburos, incluyendo proyectos de GNL, el desarrollo de grandes obras de infraestructura energética y la promoción de actividades como la minería.

En este sentido, el RIGI constituye un elemento central de esta orientación. A un año de su implementación, la gran mayoría de los proyectos aprobados y en evaluación se concentran en sectores primario-extractivos, particularmente minería e hidrocarburos. En contraste, las inversiones en energías renovables de pequeña y mediana escala, así como en soluciones descentralizadas orientadas al acceso a la energía, han tenido un desarrollo limitado y discontinuo. Instrumentos como la generación distribuida o programas de electrificación rural evidencian el potencial de estos enfoques, pero no han sido sostenidos ni priorizados en la política de inversiones.

Cabe señalar que el análisis de las inversiones presenta limitaciones relevantes en términos de disponibilidad y desagregación de la información. En particular, las estadísticas de inversión no permiten identificar con precisión la asignación sectorial entre hidrocarburos, minería y energías renovables. En este contexto, la evaluación de las inversiones requiere ser complementada con el análisis de la orientación de las políticas públicas y los tipos de proyectos promovidos.

En este sentido, la discusión sobre las inversiones en transición energética no solo se refiere al volumen de financiamiento, sino también a su orientación, escala y distribución territorial, aspectos clave para avanzar hacia un modelo energético más equitativo y justo.

Dimensión Subdimensión Tendencial Interanual
Inversión Renovables 64% 0%
Petróleo 102% 0%
Dimensión

62%

  • Comportamiento tendencial:  En términos tendenciales, si bien las inversiones presentan un comportamiento variable, la orientación de la política energética y de los instrumentos de incentivo sugiere una predominancia de proyectos de gran escala, vinculados a sectores extractivos y a desarrollos energéticos centralizados. En este sentido, iniciativas recientes como el RIGI refuerzan esta tendencia, al promover inversiones en sectores como hidrocarburos, minería y proyectos energéticos de gran escala, incluyendo desarrollos renovables que no necesariamente se alinean con criterios de sostenibilidad ni con el enfoque de transición energética justa, como grandes represas hidroeléctricas.

 

  • Comportamiento interanual:En el análisis interanual, se identifica una marcada volatilidad en los niveles de inversión, con variaciones significativas entre los distintos años del período analizado. Estas fluctuaciones reflejan la sensibilidad de las inversiones a factores económicos y contextuales, más que a una planificación sostenida en materia de transición energética. Asimismo, la falta de información desagregada por sector limita la posibilidad de evaluar con precisión la evolución de las inversiones entre distintos tipos de fuentes energéticas.

La dinámica de las inversiones energéticas en Argentina evidencia la ausencia de una estrategia consistente orientada a la transición energética. Si bien se registran inversiones tanto en energías renovables como en sectores fósiles, su comportamiento variable en el tiempo y la falta de información desagregada limitan la posibilidad de identificar una trayectoria clara de reorientación del financiamiento hacia fuentes más sostenibles.

En este contexto, la orientación de la política energética y de los instrumentos de incentivo resulta clave para comprender la dirección de las inversiones. En particular, iniciativas recientes como RIGI refuerzan una lógica de promoción de proyectos de gran escala, vinculados a sectores extractivos como hidrocarburos y minería, así como a desarrollos energéticos centralizados.

Asimismo, resulta relevante considerar que parte de las inversiones clasificadas como “renovables” pueden corresponder a proyectos de gran escala, como grandes centrales hidroeléctricas, que no se alinean con los criterios establecidos por la normativa nacional ni con un enfoque de transición energética justa, en tanto presentan impactos socioambientales significativos y no contribuyen necesariamente a mejorar el acceso equitativo a la energía.

En contraste, las inversiones en energías renovables de pequeña y mediana escala, así como en soluciones descentralizadas orientadas a abordar la pobreza energética, han tenido un desarrollo limitado y discontinuo. Esto evidencia que el principal desafío no radica únicamente en el volumen de inversión, sino en su orientación, escala y distribución territorial, aspectos centrales para avanzar hacia un modelo energético más equitativo, sostenible y basado en el acceso a la energía como derecho.

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